Hará unas dos décadas, cuando no me imaginaba en lo más mínimo mis andares actuales, disfrutaba de los primeros pasos de mi primogénito, es de esas épocas en que uno recuerda entre los más felices momentos de la existencia. Primero el hecho milagroso de la aparición en este mundo de una criatura que, a partir de ese momento. condicionó de manera definitiva y rotunda todos y cada uno de mis pasos y luego, la experiencia de ser sorprendido cada día con sus naturales progresos.
Por aquellos tiempos el niño contaba con un fiel compañero de aventuras, Catón, un precioso salchicha con una paciencia increíble porque no debe ser muy placentero soportar las tropelías de un humano en sus primeros años. Uno de esos días estaba yo sentado en el salón cuando desde mi espalda escucho una carcajada infantil inédita hasta ese momento, de esas en que uno llega a preocuparse porque le falte el aire. Cuando me doy la vuelta veo al niño sentado en su buggy comiéndose una galleta y al perro, como siempre, alerta a lo que pueda pillar, el pequeño, que me miraba con una sonrisa de oreja a oreja, pareció entender mi intriga y escenificó el acto que tanta risa le provocó, se trataba de simular haber tirado la galleta con la consecuente carrera del perro en dirección a donde se presumía el lanzamiento. Para él era un descubrimiento, un salto cualitativo en su aprendizaje, hacía algo para divertirse y bastante complejo, elaborado diría yo, para su tiernísima edad. Había encontrado su capacidad de engañar al animal a sabiendas de sus ansias por hacerse con la galleta.
Nunca va a ser igual, pero a mí a menudo me suceden cosas similares, quiero decir que la rutina en el kiosco me ha hecho descubrir reacciones de los humanos que me frecuentan y además sensaciones propias que nunca me había detenido a pensarlas, por ejemplo, con la reciente posibilidad que tenemos de vender tabaco, el hecho de darle al botoncito para activar la máquina lo he acompañado con un: “voy a creerte que tienes más de 18 años...”, por supuesto que esto lo hago con personas que claramente superan esa edad, hasta triplicándola, y resulta. Hay quien la siguiente vez viene diciéndome que ha olvidado el DNI en casa. Muy variadas son reacciones pero la mayoría positivas, contribuyendo a crear así un ambiente amable en el local. Afortunadamente en ese sentido mis clientes son de edad madura, porque una vez le dije a una chica, con apariencia muy aniñada que no podía venderle tabaco y casi me devora, había cumplido los 18 hacía pocos días, era como si yo tuviera obligadamente que saberlo. Eso sucedió hará unos seis meses, no ha vuelto y anda diciendo, además de quiosquero soy vecino del barrio, que no le dejé comprar el tabaco. Pues sí, lo compró.
Otra cosa que me planteé desde el principio es, en lo posible, siempre tener cambio, digo en lo posible porque tampoco es que admita que me usen como su banco pero sí en el sentido de facilitar a mi cliente su gestión en el kiosco y me he dado cuenta que la gente colabora... si tu les das su empujoncito, por supuesto. No me gusta preguntar: “¿Tienes 20 céntimos”, o lo que sea cuando la fracción de euro implica devolver mucho, en ese caso he aprendido que si me dirijo a la caja con un ligero punto de lentitud doy tiempo a que la persona hasta piense que le resulta más práctico quitarse una moneda que cargarse de tres o cuatro más, entonces es cuando me dice: “Te doy lo 20”, o “Espera que tengo suelto”, así no intervengo directamente en su decisión pero consigo mi objetivo aunque siempre habrá alguna vez que no se dé?
En cualquier caso pretender una cercanía o familiaridad con la clientela de un negocio hace también que se corran ciertos riesgos. Hasta mi irrupción en esto siempre había tenido ese tipo de trato precisamente con familiares, amigos incluso compañeros de trabajo, es decir familiaridad impuesta o elegida pero siempre con gente con la que no queda más remedio que convivir y conocer bien recíprocamente. Aquí no necesariamente es así, más bien como que es así y eso hay que currárselo, hace pocos días tuve una satisfacción en ese sentido porque delante de mí un señor le dijo a otro: “a ti sí te lo puedo decir” y se lanzó con una arenga por el regreso de Franco al gobierno de España, con los corrillos izquierdosos ya había conseguido ese nivel de “complicidad” pero del otro lado se me resistía. No es que trate de comportarme camaleonicamente, que también, más bien que la persona se sienta que puede expresar cosas que no lo haría ante extraños.
Pero a lo que me refiero cuando hablo de riesgos no es al tema político, si no a algo más “fisiológico”, he descubierto que tengo buen olfato, a pesar del tabaco, y eso no es bueno, me resulta desagradable estar muy cerca físicamente de algún señor recién duchado, no importa si lleva colonia o no, me da una sensación desagradable de convivencia. He descubierto que hay mucha gente que necesita hablar y a veces hasta te llegan a susurrar algún comentario, y aparecen olores que son, digamos, muy personales, alguno tiene el desagradable hábito de dar una palmadita y la verdad... ¡No!, no me va. Ante eso he habilitado un espacio de unos dos metros detrás del mostrador y como al conozco al personal, nada más verlos entrar ocupo la posición óptima para evitar sensaciones extrañas. Por otro lado no está nada mal tener el privilegio de acceder visualmente a muchos de los mejores escotes de la vecindad, sobretodo cuando la dama se ha empeñado en guardar los resguardos de los últimos seis meses en el monedero y se toma su tiempo en rescatar el dinero para el pago de la compra en cuestión.
Y es que en el trabajo diario no todo es el eterno cabreo que siempre se exterioriza de distribuidores, editores, facturas infladas, portes, etc. A pesar de la merma en la calidad de las publicaciones al tener que compaginar sus contenidos con la publicidad, del dichoso marketing, de los cacharros de las promociones, etc. cuando se entra en un kiosco se está en los predios de un Caballero de la Cultura Urbana (como bien nos ha nombrado ragumun), donde no solo se trata de hablar del tiempo como en ascensores y paradas de autobús, aquí los temas son todos, desde lo más culto a lo más barriobajero de lo que también se extrae cultura.
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